Una vez más, Estados Unidos está de luto por una masacre con armas de fuego. En esta ocasión se trata del incidente más violento en la historia reciente (al menos 59 muertos y más de 527 heridos).

En la noche del lunes, el país no salía de su asombro ante la brutalidad perpetrada por Stephen Paddock, el hombre de 64 años que descargó su ira ante miles de personas que asistían a un concierto de música country en Las Vegas, Nevada.

Desde el piso 32 del hotel y casino Mandalay Bay, Paddock, según las autoridades, utilizó al menos 17 armas, entre ellas rifles de asalto, y miles de cartuchos para dispararles a los asistentes. Además, en su domicilio en Mesquite, le fueron incautadas otras 18.

De acuerdo con testigos, el tiroteo duró unos 15 minutos. Ese fue el tiempo que tardó la policía en detectar de dónde provenía el asalto. Según el organismo, Paddock se suicidó cuando estaban a punto de ingresar a su habitación.

Lo que siguió fue una escena caótica que se extendió por más de 12 horas mientras autoridades y civiles unían fuerzas para transportar a los heridos a los hospitales cercanos.

De momento y al cierre de esta edición, no eran claras las motivaciones del asaltante.
El grupo yihadista Estado Islámico (EI) reivindicó la masacre y dijo que Paddock era un “soldado convertido al islam hace algunos meses”, pero la policía federal (FBI), que investiga el ataque, descartó por ahora lazos con una organización “terrorista”.

 Ante la incertidumbre, las autoridades han evitado por ahora catalogar el hecho como un acto de terrorismo. Tampoco ha surgido ninguna conexión con grupos de extremistas internacionales y, por ende, todo apunta a que se trataría de un “lobo solitario” que actuó por iniciativa propia. 

En una rueda de prensa, el alguacil del condado de Las Vegas, Joe Lombardo, detalló que los investigadores están enfocados en cuatro escenarios principales del crimen: la habitación del piso 32 del hotel Mandalay Bay desde donde disparó Paddock, el lugar donde se celebraba el concierto, la casa del presunto autor en Mesquite y otra propiedad que tenía a su nombre en el norte de Nevada.

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Por supuesto, las expresiones de solidaridad no se hicieron esperar. Desde cientos de personas acudiendo a los hospitales para donar sangre hasta mensajes de pésame y apoyo de líderes mundiales.

El presidente Donald Trump, por su parte, catalogó el hecho como “pura maldad” y pidió unidad y respaldo a las familias de las víctimas. “No importa lo que cada cual piense, este día es muy, pero muy triste”, dijo el presidente.

En su cuenta de Twitter, el mandatario escribió: “Mis más calurosas condolencias y simpatía a las víctimas y a las familias del terrible tiroteo de Las Vegas. ¡Dios los bendiga!”.

En la Casa Blanca su portavoz, Sara Huckabee, hizo énfasis en evitar que esta nueva tragedia nacional se convierta en un tema político y partidista.

Eso, sin embargo, se ve poco probable ante un escenario que se viene repitiendo en EE. UU. con aterradora frecuencia. Hace poco más de un año, el dolor era por las víctimas de un tiroteo en un bar de Florida.

Antes de eso, en San Bernardino, California, donde una pareja la emprendió contra colegas de trabajo invocando al grupo terrorista Estado Islámico.
 Y en el 2012, quizá la más terrible de todas, cuando un joven de 20 años mató a 26 personas, 20 de ellos niños, en una escuela elemental en Connecticut.

Y como en cada una de esas ocasiones, ahora también volverá al primer plano el eterno debate sobre los controles a las armas de fuego en un país donde se estima que hay más armas en manos de la población civil (unas 350 millones) que ciudadanos.

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Se trata de un tema casi inexplicable para cualquier persona que viva por fuera de EE. UU., pero que en este país tiene a la sociedad dividida en dos. Aun frente actos tan salvajes como el del domingo en la noche.

La segunda enmienda

En gran parte, la polémica está anclada en la segunda enmienda de la Constitución, que permite a cualquier persona poseer las armas de fuego que le parezcan pertinentes.

De acuerdo con una encuesta reciente del Pew Center, un 52 por ciento de la población quiere preservar ese derecho, pues lo ven como parte integral de su historia, mientras el 48 por ciento quisiera más controles. 

Son números que suelen caer o crecer dependiendo de su proximidad a una masacre de este tipo.

Curiosamente, en estas últimas dos décadas ha venido creciendo el porcentaje de los defensores de la segunda enmienda: en el año 2000, solo el 29 por ciento de la población la defendía, mientras el 66 por ciento estaba a favor de más controles.

Pero la división tiene colores partidistas muy claros: más del 80 por ciento de las personas que quieren preservar ese derecho son republicanos, mientras lo inverso sucede con los demócratas, que quisieran verlas prohibidas.

Hay un poco más de consenso, eso sí, en la necesidad de aplicar ciertos frenos al negocio de la compra y venta. Por ejemplo, el 80 por ciento cree que se debe impedir que enfermos mentales tengan acceso a ellas o que se puedan vender sin antes aprobar un chequeo de antecedentes. Pero de allí a que esto se traduzca en cambios hay un mar de distancia.

El mejor momento que hubo para avanzar una reforma fue tras la masacre en Connecticut cuando Barack Obama estaba en la Casa Blanca y los demócratas todavía controlaban el Senado. Pero la oposición republicana y el lobby de la Asociación Nacional del Rifle lo hicieron imposible.

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Y aunque Trump dijo en el pasado que respaldaba una reforma partidista de este tipo, es muy improbable que algo así suceda en el contexto actual.

Primero, por que los republicanos controlan el Congreso. Y segundo, por que el grueso de los seguidores de Trump, blancos en zonas rurales, son totalmente proarmas.

A tal punto que muchos votaron por él solo porque les vendió la idea de que si Hillary Clinton llegaba a la presidencia, les iban a quitar sus rifles y pistolas.

Esto dijeron

Papa Francisco: “Profundamente triste envío mensajes de cercanía espiritual a los afectados por esta tragedia insensata”.

Vladimir Putin: “Mi apoyo a las familias de las víctimas. El crimen que segó la vida de decenas de personas conmociona por su crueldad”.

Juan Manuel Santos: “Expreso, en nombre de Colombia, nuestras más sinceras condolencias tras tiroteo. Estamos con ustedes”.

Barack Obama: “Michelle y yo oramos. Nuestros pensamientos están con sus familias por aguantar otra tragedia sin sentido”.

Theresa May: 
“Los pensamientos de UK están con las víctimas y los servicios de emergencia en respuesta al ataque atroz”.