Más de 20 ciudades de 12 países ha visto desde el cielo Nathalia Pinzón Gómez, una parapentista santanderana que no solo busca promover este deporte, sino demostrar que a pesar de las pocas mujeres que lo practican, es una pasión que no tiene género.

“Eso no es un deporte para niñas”, le dijo a Nathalia Pinzón Gómez su mamá. No solo cuando a los 14 años “le picó el bicho” del skateboarding y era conocida como ‘la de la patineta’ en el barrio y en la universidad, sino cuando el parapente la sedujo por coincidencia.

Hace 15 años en el parapentismo la presencia femenina era mínima. Y aunque se creería que con el pasar del tiempo esto cambiaría, hoy la cosa casi que sigue igual.

Pese a eso, Nathalia, después de asistir a un encuentro de deportes extremos en Barrancabermeja, donde las acrobacias con su patineta eran lo más cerca que estaba del cielo, se dio cuenta que otros “lo tocaban” y entonces ella quiso hacer lo mismo.

Unos años más tarde ya había volado sobre las montañas y los mares de varios países de Suramérica, Europa y Medio Oriente.

-“Mucha rentica para sus papás esa ‘viajadera’ suya”, le dice uno de sus colegas parapentistas cuando le pregunta cómo le fue en Estados Unidos, de donde acaba de llegar.

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Ella le responde:

– “Mis papás no me han dado un peso. Tengo el único pasaporte del mundo que incluye comida, estadía y bonitas personas. Mi parapente”.

Mochilera del viento

– “Me voy a viajar en parapente por toda Suramérica y voy a empezar por Venezuela”, le dijo Nathalia a su mamá un día cualquiera.
Ella no le creyó.

Unos días después, con el bolsillo medio lleno gracias a la venta de camisetas y manillas, estaba llamando a su casa desde el país vecino.

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Nunca había volado sola, porque el curso costaba más de dos millones de pesos y no los tenía. Pero ya se codeaba con “los duros de la volada” en Santander” y ellos de tanto en tanto le enseñaban.

Así que en la ciudad de Valera, en Venezuela, hizo su primer vuelo y entonces ya no le dio tan duro haber dejado botado el semestre de Historia en UIS.

– “Sentí que ya no quería dejar de volar jamás y que tenía que hacerlo sobre muchas ciudades del mundo, porque era como magia”.

Y así fue, aunque sin tanta magia en algunas partes del cuento.

Justo cuando ella y los demás “mochileros del viento” se preparaban para visitar Ecuador, Nathalia se fracturó una vértebra durante un aterrizaje y tuvo que regresar a casa.

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“El mundo en parapente”

Una vez recuperada, después de cuatro meses a paso lento, las ganas de volar volvieron.

-¿No le daba miedo otra lesión?

– “Si no me daba miedo estar arriba, menos eso. Siempre hay riesgo en todo ¿no?”.

Sin embargo, no pudo alcanzar a los “mochileros del viento” y en su casa le rogaban que siguiera estudiando.

Entonces sus días se convirtieron en un ir y venir de la universidad al voladero Las Águilas, en Ruitoque, donde trabajaba vendiendo vuelos y alquilando cámaras GoPro. La idea era comprarse su primer parapente, que en ese tiempo, 10 años atrás, costaba cerca de siete millones de pesos.

Entre muchas pausas académicas y regaños de sus papás, visitó Austria, Francia, Italia e Israel. ¿Y el dinero?:unos pocos ahorros que no le alcanzaron para tanto, pero que la generosidad de la “familia parapentista” de cada lugar al que llegó hizo rendir como agua.

Dormir en el carro y caminar largas horas eran pequeñeces frente a volar sobre los Alpes Austriacos.

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A finales de 2015, ya con su título y un trabajo como profesora de Historia y Geografía, se fracturó otra vértebra durante un vuelo.

Vendió todo su equipo y tomó la decisión de no volar más.

Volver al cielo

– “Todo desde arriba es diferente. Es tener el control de ti, del viento, de la vida, de todo”, dice la parapentista mientras saca su equipo.

No hay aire constante para volar, pero sí varios chulos revoloteando sobre un mismo punto. Y eso, según ella, es lo que indica que se puede hacer un vuelo térmico. El sol calienta el suelo y hace que el vapor suba y forme cilindros de viento, perfectos para volar despacio y perezoso, como lo están haciendo las aves.
Hace poco más de seis meses volvió a volar.

“Me soñé volando y todos los días algo me incitaba a estar arriba, en el cielo. Veía parapentes en todo lado, la gente hablaba de águilas, de montañas. Sentí que definitivamente no podía dejarlo”, cuenta.

Una vez comprueba que todos los elementos está asegurados a su silla mediante el arnés y que los ganchos están perfectamente anclados, corre unos cuantos metros para que el viento levante el parapente.

Mira constantemente el ‘manganelete’, una especie de bandera anclada a una vara bastante alta, para ver qué tal está la velocidad del viento, y después de dos intentos se lanza al vacío.

“Nunca debería dejar de hacerlo. Además de su buen desempeño es de las poquísimas mujeres que están impulsando este deporte acá y mostrándolo en el mundo. ¡Una dura!”, expresa el santandereano Edinson Álvarez, campeón nacional de parapente en dos ocasiones, parapentista hace más de 22 años e instructor hace 10.

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Y tiene razón. Nathalia Pinzón desborda pasión por volar y es una de las fieles colaboradoras en cuanta competencia hay. Con Parapente Colombia (Parapente Colombia YouTube), su empresa virtual, vende vuelos en casi todas las partes del país a quien lo necesite, donde lo necesite, pues “esa viajadera”, como dicen algunos, no solo le ha permitido conocer lugares y personas, sino abrir caminos para el deporte y su promoción como actividad recreativa. ¿Qué significa volar?

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– “Eso solo lo logra entender la gente cuando lo hace por primera vez. Tal como dijo Leonardo Da Vinci alguna vez: ‘Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la tierra con la vista mirando al cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver”, responde Nathalia.

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